sábado, 20 de febrero de 2010

Dreadlocks the time is now

Por alguno de esos motivos que son extraños, y la verdad no entiendo todavía por qué suceden, hoy venía caminando hacia la oficina y me acordé de Mindy. ¿Será su cumpleaños? ¿Qué estará haciendo que nuestras energías se conectaron de nuevo en lados tan distantes del planeta?

Hace unos años ella fue colega mía en uno de los tantos trabajos que he tenido. Desde un primer momento me llamó la atención por lo calmada y seria que era para hacer las labores. No importaba cuán dramática podía ser una situación, y créanme que ese lugar era una locura, ella siempre escuchaba a las partes, meditaba, trataba de aquietar las aguas y proponía su punto de vista. Más democrática ni Mahatma.

Pero lo extraño de toda esta situación es que Yo, con esa mentalidad tan limeña que nos oprime como un Yunque amarrado a la puerta del… cerebro y que por esas épocas se encontraba, sino a flor de piel, en la primera capa de la dermis, no entendía como tanta seriedad emanaba de ella. Y no lo digo porque en algún momento ella hubiese hecho algo que me diera la impresión de alguien no confiable o poco seria, pero estaba Yo en la época del estereotipo y el juzgamiento a priori del a priori tan típicamente nuestro. Léase: todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario o Magaly se rectifique (y aún así queda un tufillo a cumpleaños de pelotero).
Explico mejor…

Mindy era pequeña, de aproximadamente un metro sesenta y pocos, ojos verdes incisivos y una contextura física que ya me gustaría tener a mi (y de paso cambiar este físico de emergencia que llevo por cuerpo). Pero lo que más llamaba la atención era su pelo; y no por lo rubio casi blanco sino más bien por unos dreadlocks alucinantes que llevaba muy bien cuidados en la cabeza. Eran unos 14 ó 15 y cada uno del grosor de un habano cubano grueso. Las puntas redondeadas perfectamente terminadas y no se veía ni un solo pelo fuera de lugar en tanta maraña de cabellos. Para agregarle más personalidad al look (¡aún!) se ponía una vincha que hacía que se paren y vayan cayendo hacía la parte posterior de la cabeza. Deben ser los dreads más chéveres que he conocido en mi vida.

Y así fue como me fui enterando del arte de tener, y mantener, un look así. En verdad es un chambón no sólo al inicio en que tienes que crear el ‘nudo’ enredando pelos y amarrando la base y la punta del mechón para que se mantenga, sino que luego viene el proceso de seguir enredando el mechón, todos los días, con las palmas de las manos. Si calculamos que ella tenía 15 dreads y tenía que enredar cada uno por 5 minutos diarios, se tiraba más de hora y cuarto al día. Mierda hay que tener un compromiso fiel y sincero para mandarte esa chamba todos los días… wash & wear… mmmhh me parece que no.

Una vez que el dread tiene el grosor que deseas, básicamente te queda un mechón enredado chueco, pero que va tomando forma poco a poco. Las puntas son todo un tema aparte ya que con se deben ir metiendo las puntas de los pelos de vuelta en el mechón. Léase con una de esas puntas de tejer crochet vas agarrando el pelo y lo volteas de nuevo hacía el mechón y lo enredas para que no se salga… otros 10 minutos por dread.

Me contaba Mindy que al comienzo toda esta vaina le tomaba casi dos horas al día y que básicamente para ayudar a enredar el pelo le metía cualquier cosa pegajosa que se pegara en el mechón. La verdad no parece muy limpio que digamos, pero me dijo que una vez que está cuajado, los puedes lavar con agua todos los días y no pasa nada.
Y así eran algunas tardes por allá en que empecé a ayudar a Mindy a redondear las puntas y nos quedábamos conversando de música o chamba o lo que fuera. Un día en una de esas conversas le estaba explicando lo cerrados de algunos puntos de vista de mi tierra y cómo me encontraba en un proceso de apertura mental drástico y empinado. Casi todos los paradigmas con los cuales yo trabajaba se estaban resquebrajando y en su lugar caían de sopetón posibilidades nuevas o formas de ver las cosas distintas. Como ejemplo, le pregunté cómo hacía ella para ir a una entrevista de trabajo con tremendos dreads y esperar que sea contratada. Me había pasado en una anterior chamba que mi jefe no contrató a un candidato que era ideal para el puesto y él tenía buen feeling con el pata, por el simple motivo de que sus dreads no eran precisamente el look que buscaba para un funcionario de un banco internacional. Y la respuesta que ella me dio fue una de las cosas más alucinantes que he escuchado.
Mindy me explicó como para ella la situación era totalmente al revés; no se preocupaba de si su pelo era correcto para una chamba o no, eso es intrascendente. Para ella el llevar el pelo así era incluso una prueba para su pretendiente de jefe en el sentido que ella nunca desearía trabajar con una persona que tenga prejuicios tan tontos como la forma como llevas tu pelo. Claro está que no se veía descuidada ni nada por el estilo, pero eso para ella era una prueba irrefutable de si quería o no trabajar con esa persona.

Me pareció una lógica tan sencilla, tan irrefutable y sólida en su argumento que simplemente me quedó felicitarla y ¡zaas! Ver como otro paradigma se desploma en el castillo de naipes.

Y de allí siempre me quedó esa idea de que una entrevista de trabajo no es sólo el momento en el que te evalúan sino también un momento en el que uno mismo evalúa si es que de verdad quiere ser parte de esa empresa o no, si se ajusta a lo que quieres en tu vida. Al final, pasamos la mayor parte de nuestras vidas en el trabajo.