viernes, 12 de marzo de 2010

Encontrando el tono sepia

Ayer cuando bajé para tomar el taxi, me sorprendió que el taxista se baje para ayudarme con la puerta y en todo el proceso de subida al auto. No es usual que un chofer de taxi de un servicio tan bueno.

Pero esto no es lo que estaba en mi cabeza. Allí era la primavera de una sensación ‘estoy saliendo a la apurada’ y todo el florecimiento que esa línea de pensamiento te puede dejar en la mente. Los supuestos, las hipótesis, los ‘pero qué si…’ o ‘tal vez…’. Más como un reflejo que como un pensamiento, apreté el botón de ‘apagar’ y me alegré al final de estar saliendo sin haber ‘terminado’ la velada. Muy probablemente la conversación hubiese sido llevada por rumbos de la verborragia con una persona arrepintiéndose terriblemente de la falta de coherencia que tenía su punto de vista, la falta de convicción en lo que decía, lo apresurado de las palabras y la otra mirando con vergüenza ajena y deseando que esto pare de manera inmediata. Por suerte en el ínterin conversamos de otras cosas que sin querer queriendo hicieron que la idiotez se dispersara…

Pero como pocas veces en mi vida no tenía ganas de pensar. La película de Goddard me había dejado con una sensación de fugacidad, de algo etéreo sin trascendencia, pero a la vez queriendo repetir la experiencia con un lapicero en la mano y anotando cada uno de los diálogos entre los personajes. Es una de esas películas en las cuales retrocedes más de una vez y en la que la pausa no necesariamente es para ir al baño.

Me senté en el taxi y luego de todo el acomodo de muletas, yeso y trasero no quería entrar en conversaciones de ningún tipo. Sólo atiné a balbucear de manera injusta:

-Conoce La Molina
-Sí
-Conoce el concejo
-Sí
-Conoce el colegio Villa María
-Sí
-Vamos

El falso silencio del motor era demasiado monótono como para evitar que mi mente rebuscara entre todas esas flores. Necesitaba ayuda. La radio estaba prendida, pero con muy poco volumen, y le pedí permiso al chofer para subirlo hasta apaciguar mis preguntas silenciosas. ‘Claro’ me dijo y para sorpresa mía venía escuchando una estación de música clásica.

Y fue como cambiar de filtro. Ya no era de noche sino que todo tenía un tinte sepia proveniente de los focos de yodo del alumbrado público. Noté inmediatamente que las pistas estaban vacías, que probablemente éramos de los pocos autos circulando por esas horas en una ciudad de 9 millones de habitantes y me invadió una sensación de tranquilidad. Es como si viendo la ciudad vacía fuese la única manera de entender como alguien quisiera vivir en la locura que desatamos durante el día; las bocinas, los casi accidentes constantes entre peatones y choferes, entre choferes y choferes, los insultos, la basura, la gente orinando en las calles, el nulo respeto por el prójimo que se practica en esta ciudad.

Pero había una frase que no podía apagar. Una frase que se me pegó desde el momento en que la leí y que para mi fue una luz ámbar muy grande indicando que es hora de apretar el freno o acelerar de manera escapatoria. ¿Qué significa ‘no la cagues’? ¿Qué es cagarla? ¿No funciona acaso que los sentimientos son efímeros y actuamos como niños saltando bajo un globo dando manotazos a la cuerda para que no se nos escape? ¿Incluso en el borde del acantilado seguimos dando los saltos? ¿No es una carrera acaso a ver quién llega antes a la sensación?

Tantas preguntas, tanta ansiedad…

No tengo apuro, no tengo búsqueda de algo concreto salvo conocer gente afín. Tan livianamente sencillo como eso. Tan tranquilizante.

Y súbitamente el peso se esfumó y pude disfrutar las tranquilidades del camino, y mi mente, en ese tono sepia que pintaba la noche limeña.

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